PRELUDIO QUE SANGRA PARA NO MORIR

PRELUDIO QUE SANGRA PARA NO MORIR

El futuro de los niños es siempre hoy. Mañana será tarde”, Gabriela Mistral

Bien sabemos, producto de la experiencia y de la observación, que cada ser humano puesto en la tierra, independiente de su contexto cultural y social, pasa en sus primeros años por un periodo de aprendizaje en el que se logran plasmar la cosmovisión y problemáticas de su entorno, asuntos que, más tarde intentará resolver con herramientas que en su misma crianza le fueron potenciados. Intuimos de una manera u otra, que tanto los recuerdos, como los discursos ofrendados en esta etapa calan en lo profundo de las decisiones futuras y que, aunque no lo sepamos a ciencia cierta, cada gesto enseñado nos determina como un sujeto que siente, piensa y se mueve en las relaciones sociales que son reproducidas desde este punto.

La infancia no es entonces, simplemente un estadio, es de acuerdo a la ciencia de la psicología y a la naturaleza misma, una clara demostración de lo que la “evolución” ha hecho de nosotros como especie. El estudio de la historia nos ha demostrado que hasta en las tribus más antiguas, el desarrollo de esta etapa permitirá la sobrevivencia de una especie, así al menos también lo hemos observado en los animales no humanos, quienes intuitivamente generan las condiciones necesarias para que sus descendientes logren aprender todo aquello que los ayudará a subsistir. Ahora, cuando del hombre y mujer se trata, el asunto parece perderse a medida que nuestro desarrollo económico se engrandece, y es que la mente humana, con sus subjetividades y multiplicidad de sentidos, aún pareciera no estar clara en lo que necesitamos como grupo para perpetuarnos, y sobre todo, aún no estamos seguros ni de las condiciones ni del entorno al que estaremos sujetos en la adultez. Quizás para nuestros ancestros fue en cierta medida más fácil, puesto que los peligros se asociaban a fenómenos naturales o depredadores tangibles, no así en estos tiempos donde la sobrevivencia se basa en escalas sociales y posesiones materiales.

Los peligros que hoy abundan en la mentalidad de las sociedades capitalistas se basa en los mecanismos de producción y en cómo los humanos logramos llegar a ellos de una manera que el futuro asegure no tan solo vivienda, abrigo y alimentación, sino que también nos permita “ser alguien” dentro de esta gran maquinaria. Hemos podido sobrellevar el hambre transformándolo en obesidad, y la instrucción de la caza en la educación de la compra y venta, pasamos de ser humanos a ser clientes o pacientes de un sistema que nos arrebata la vida, la muerte y sobre todo la niñez. Así es posible en esta realidad de producción que todas las fuerzas que nos determinan se centren en las personas que “benefician” el proceso, dejando de lado aquellas que no lo son, es decir, tanto los niños como los ancianos son vistos como entes que no consumen, no compran, y al contrario son gastos de tiempo y dinero para un organismo que se mueve sólo en aras de la economía.

Peor se vuelve el escenario cuando la infancia se vive en la pobreza, y sobre todo en la carencia de un país tan desigual como el tan querido Chile, donde casi un veinte por ciento se encuentra en condiciones de negación y necesidades que van desde la alimentación a la cultura, y eso en estadísticas, puesto que los índices de violación, abusos y maltratos psicológicos no son medidos, por tanto, la dimensionalidad de la pobreza medida en las encuestas, no logra reflejar fielmente las condiciones en las que son criados los niños y niñas de este país.

Chile, es uno de los únicos países en América Latina que no reconoce mediante la ley los derechos de los niños y niñas y es recién hace unos años que los gobiernos han mostrado algo de interés en esta etapa, determinando que sí son necesarias políticas públicas que propicien herramientas para salir de la pobreza, pero ¿a qué es lo que se sale? ¿cuál es el escenario que nos instalan? ¿qué es lo que este Estado ha definido como No Pobreza? La verdad es que la escena no es fácil de imaginar o ver. Tenemos un sistema que obliga a los niños y niñas educarse, pero un sistema educativo que abunda en un traspaso de la ideología del capital como principio vital de nuestra evolución; que exige a la familia luchar para que la universidad sea el objetivo, pero un sistema laboral en el que la injusticia sobrepasa los límites, donde la explotación asegura a los empleados la obtención de la deuda, y los enferma, contagiando a su descendencia a la eterna marginación de sus derechos.

Niños y niñas que son discriminados desde su nacimiento ya sea por la cantidad de dinero o estatus social de los padres, negados por su etnia u origen territorial, como si esto determinara su ser más o menos humano, abusados por una economía que ve en ellos futuros deudores, y por tanto reproducen en sus mentes el perfil de la felicidad acomodado a principios mercantiles, donde la competencia se volvió la habilidad más destacada, y el ascenso social la única forma de alcanzar la satisfacción. Abandonados a la suerte de lo que les toca vivir, los menores son vistos y formados en una indiferencia que permite más violencia, más incomprensión y mucho menos identidad. Así hemos visto destaparse las más crueles formas de relación que se dan en instituciones como el Sename y la Iglesia, donde las víctimas en su mayoría menores de catorce años, no les queda más que intentar vivir con la presencia de una autoridad que no los respeta, los hunde y culpa, en su mayoría, a la condición de éstos como causa de sus desgracias, porque a pesar de disfrazar la ayuda, las instancias de socorro sólo han demostrado la negligencia del servicio, donde la reparación psicológica se deja a la suerte de la vida.

Mientras tanto, aquellos que se consideran fuera de la pobreza, o con más oportunidades económicas ven desde afuera las malas prácticas. Sabemos que el Estado es quien debe hacerse cargo, pero ¿son tan sólo las políticas públicas las que cambian los paradigmas? ¿dejamos todo a las manos de la “justicia” social o divina? ¿es sólo responsabilidad de las madres y padres el cuidado de los niños? A mi parecer, el asunto va más allá del reconocimiento del problema, va en la crianza cotidiana que todos y todas tenemos para con los más pequeños, porque no se puede otorgar sólo las faltas a quienes las cometen, sino que es toda una comunidad la que introduce el discurso, son las relaciones entre todos los ciudadanos las que transforman las conductas y sobre todo las opciones que nos depara el futuro. Vale espantarse con las violaciones y abusos, sirve que actuemos para defender a los niños mapuches que son baleados por la fuerza policial, que protejamos a los niños inmigrantes de las crueles discriminaciones, que juntemos valor para enfrentar a los victimarios de la muerte causada a tantos niños en manos del Sename, sirve interceder por los más desvalidos, desde cualquier punto en el que nos encontremos, como profesores, vecinos, tíos, como habitantes de un país que grita cada vez más fuerte, pero que al parecer sólo es eco que pega en las paredes. Las políticas públicas sirven, pero tardan en los resultados. Es ahora cuando debemos actuar en la sanación de nuestras relaciones y permitirnos crecer en la conciencia de derechos y obligaciones que harán de los niños el futuro de nuestra gran revolución.


Ensayo publicado en la Revista El Topo, Santiago de Chile. Agosto de 2018

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