PERORATA PARA EL OLVIDO

PERORATA PARA EL OLVIDO
ensayo publicado en Revista El Topo, julio de 2018

“Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”.
Miguel de Unamuno

Fuerte y claro resonaba en la reciente cuenta pública del presidente Piñera, un discurso lleno de expresiones que son dignas de analizar si es que se pretende tener en claro las medidas a las que nos enfrentaremos como sociedad en estos cuatro años que siguen. Se hace necesario no sólo para conocer las estrategias políticas que llevará a cabo el nuevo gobierno, sino que se debe prestar suma atención a la definición de categorías sociales que son empleadas para implantar en el imaginario colectivo una visión que está abismalmente alejada de las vivencias de la mayoría de los chilenos.

Bien es sabido que la palabra construye realidad, que son los vocablos los que designan las situaciones y cómo también éstas son digeridas y recordadas por las generaciones venideras. He aquí la importancia de lo que se dice y su coherencia en el hacer, porque la medida de la consecuencia entre estos dos actuares será la forma en que la psicología colectiva absorba los hechos. También sabemos que este proceso de creación de discursos, que permean la conciencia, no se vuelca vertiginosamente de un gobierno a otro, sino que ha sido una estrategia gradual potenciada con el silenciamiento ideológico de una izquierda comunitaria durante la dictadura militar y que no ha cesado ni en la transición, ni con gobiernos de concertación o periodos “democráticos”. Incluso si quisiéramos ir más a fondo, el gran ideario de la Europa agonizante se plasmó en Latinoamérica y, por tanto, en Chile, a través de la imposición del español y la matanza de las lenguas originarias. Desde allí, el caos que trajo consigo la pérdida de los simbolismos propios, y el remplazo por unos ajenos, ha hecho de este territorio una constante paradoja de la identidad social.

Años han pasado desde la primera carga de una historia que era extranjera en ese entonces, y que a través de la “educación” civilizó la cosmovisión natural de las energías para ser utilizadas en la producción y la extracción de los recursos. Nos acostumbramos al relato de la “madre patria”, la “independencia”, la “nación”, lo introdujimos como propio y hasta justificamos su proceso como un cauce natural en la historia de los subyugados. Así se comenzó con la reproducción de pensamientos discriminatorios, sectoriales, enfocados a la valorización de la comunidad de acuerdo al potencial económico que pudieran entregar dichas relaciones, y que en estos últimos cuarenta y cinco años no ha hecho sino subrayar aún más profundo las diferencias sociales entre quienes son dueños del poder político y aquellos que  son sometidos a ese poder.

Lo realmente tétrico en esta situación de país son las características que se atribuyen a un pueblo que agoniza en sus realidades locales, es la reafirmación de la mudez como táctica para superar las desgracias que implicaría asumir los delitos de una dictadura que terminó por sepultar la memoria combativa de los chilenos. No es conveniente para un sistema mercantil, recordarle a su fuerza de producción los “errores” que se cometieron al asesinar a miles de personas. No es para nada fructífero explicar de forma explícita los reales objetivos de este bloque abusivo, por eso el horizonte que establece Piñera es una “amistad cívica” que hace olvidar sin conocer a quien se abraza en ese gesto.

En efecto, la realidad política nacional, muy prendada en su burbuja geográfica y mental, pareciera un eterno retorno hacia el error, donde la repetición de frases como “recuperación de la democracia” “fortalecimiento de la unidad” e incluso el “nosotros, nosotras” son vómitos que terminan por ahondar aún más la incertidumbre que se tiene para con las víboras que los promulgan. El error de asimilar aquella oratoria transmitida por los cómplices medios de comunicación, deriva a una población cada vez más desinformada, donde la habilidad de la comprensión radica en la capacidad de contar billetes y ahí se queda, sin cultura, sin identificación, sin un horizonte fijo hacia donde caminar.

Dijo alguna vez Unamuno sobre Chile, que éste estaba condenado a la tragedia, y que de la misma forma estaba condenado a levantarse y reconstruirse cada vez que ha sucumbido. Cierto es que el país se ha mantenido en pie, si lo miramos desde una óptica patronal de mercado, no así si el ojo se coloca sobre la convivencia de los sectores más desprotegidos. Por tanto, si el principal mandatario del pueblo chileno, se refiere al país como “sistema”, y a las prácticas de persecución como “estrategias de paz en contra de los terroristas –mapuches- en la Araucanía”, si dentro de su vocabulario percibe a la familia como un bien de producción, y a los abuelos y niños como ejes principales a los que atender, mas luego de unos días quita cerca de cuatro mil millones de pesos al Sename, quiere decir que el hacer político dista mucho de lo ofrecido.  Si de acuerdo al presidente, “sus” mujeres sufren de la carga maternal en su economía, asumiendo los costes de este trabajo solitariamente, entonces la mejor medida para abolir la situación la halla en el alza de los planes a hombres, sin tocar explícitamente los abismales intereses que cobran las Isapres y si, además, sumamos la reforma previsional que castiga a los trabajadores y su “envejecimiento positivo” subiendo las cotizaciones, significa que la maldición de caer cíclicamente hará peregrinar a Chile eternamente hacia el analfabetismo, y por ende al sometimiento total de la masa.

La modernidad del lenguaje, llegó a los chilenos como eufemismos que se quedaron para siempre anclados en el horizonte de lo que somos y podríamos llegar a ser como pueblo, definidos por un sueño en que “la tierra prometida” es dada por el “impulso económico” de “todas y todos los chilenos” que ven en su “desarrollo integral, inclusivo y sustentable” la forma para salir de la pobreza y escalar la montaña de las clases sociales, aunque ésta sea nada más que un mito, entonces ¿qué tipo de justicias y libertades nos quedan en este camino hacia el ascenso? ¿a qué formas de relación tendrán que ceder los habitantes de este territorio para que la derecha mercantilista cumpla el tal anhelado sueño de los “padres de la patria”? ¿qué acciones serán válidas para transformar el discurso de la eterna derrota y conformación de lo nos tocó vivir como generación hija de la dictadura? ¿nos quedamos en la espera de que el Estado quiera transformar sus acciones, así como revolotean las ideas en su decir? He aquí la necesidad de reivindicar la voz propia que de la periferia debe levantarse y rehacerse de acuerdo a sus propios contextos, porque sabemos que el papel aguanta mucho, y que el mensaje político al ser frágil para la memoria del chileno común, sólo trae una precarización del lenguaje y una banalización de la cultura.  Es tiempo de que el grito de lucha se haga desde la boca de quienes realmente necesitan transformaciones en su forma de vivir. Es hora de que la lucha se origine en la voz de los que no son ni clientes, pacientes o estadísticas, sino que simplemente seres humanos que tienen como derecho abrazar la justicia de un convivir más libre y sensato.

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