REFLEXIÓN QUE CUELGA DE UN IDIOMA O PALABRAS PARA LA PERIFERIA

REFLEXIÓN QUE CUELGA DE UN IDIOMA O PALABRAS PARA LA PERIFERIA
Ensayo publicado en Revista El Topo, junio de 2018

 “Revolucionarios sin revolución: eso somos. Para decirlo todo: muertos con permiso. Aun así, elijamos las palabras que el desierto recibirá: no hay revolución sin revolucionarios.

Andrés Rivera, La Revolución es un sueño eterno.

 

Que difícil se hace pensar en Latinoamérica en estos tiempos cuando nos vemos enfrentados a situaciones mundiales tan complejas como la que ocurre en estos momentos en Medio Oriente. Resulta un desafío tremendo definir una parte del mundo, teniendo en cuenta la complejidad en la que hoy resulta el todo geográfico que somos como humanidad, sobre todo porque no poseemos herramientas bibliográficas que nos conduzcan hacia una verdadera y genuina comprensión de nuestro territorio y menos de otros lugares donde la historia que les acontece llega de a poco y nada. 

Sin ánimos de ser pesimistas, podríamos sujetarnos en la idea de que existe algo en común que nos acerca como pueblos, algo como una cultura, un paisaje, un proyecto social. Lo cierto es que nada logra asimilarnos más que los maquiavélicos procesos sociales en los que nos hemos visto sumergidos estos últimos seiscientos años.  Tras la llegada de la Historia Universal que traía Colón a estas tierras, los hilos que nos fueron conciliando como continente, no fueron más que una construcción diseñada en base a las ideas de una corona que pretendía bañarse en el oro de américa. Utilizando prácticas a modo “caza de brujas” los testimonios de miles de indígenas se fueron borrando al tiempo que las lenguas pulverizadas por el español, perdían todo registro de nuestros antepasados.

Sin pedirlo, un idioma, un discurso, una historia, se instalaron ferozmente en las significaciones, y el mundo que para los indígenas parecía equilibrado resultó carente de interpretación. Así, tras el genocidio de la sabiduría llegó la marca del progreso, avalado por una infinidad de instituciones, títulos y leyes que terminaron por confundir aún más el relato de nuestros pueblos. La colonización, las independencias, las revoluciones sociales, las democracias y dictaduras, sirvieron como ejes en la reproducción de un lenguaje que venía cargado de violencia y esclavitud, trasladando parte esencial de nuestro natural desarrollo humano a un centro-norte que se imponía como la única verdad a la que se debía aspirar.

En esta improvisada pero eficiente estrategia de usurpación, aquella Europa que veía perdida su estructura, encontró un punto en el que pudo sostener su tan cara forma de vida. Entonces, bautizaron a esta parte del continente como Latinoamérica, adoctrinando su cosmovisión a paradigmas basados en la razón y el progreso, a la vez que censuraban los relatos de todas las otras partes del mundo, dejándonos enceguecidos por su única miseria. Recién en estos tiempos, algunos pensadores se han atrevido a denunciar el tremendo robo que la Historia Universal de Occidente ha hecho a la cultura oriental, tomando sus testimonios como ideas propias y naturales.

No es para nada extraño entonces, que como buenos estudiantes repliquemos las conductas enseñadas, y las actitudes que quizás parecían lejanas a nuestras concepciones, hoy las veamos arraigadas como actos naturales del proceso humano. De ahí, por ejemplo, que en los colegios y universidades se reproduzca un paradigma patriarcal, inclinado hacia a una modelo exitista, donde el discurso de la discriminación y la violencia es común, reiterativo, no habiendo originalidad ni contextualización de lo que es propiamente nuestra situación intelectual, social y valórica.

Ahora bien, no son las Instituciones quienes ven la necesidad de cambio. No es la Academia que decide modificar sus bases teóricas. Nunca ha sido una actitud del centro-norte enriquecer las experiencias a través del diálogo. Es la periferia que, escindida de las luces del oportunismo, ha podido armar con sus propias herramientas una atmósfera que identifique su contenido y explique de manera más elemental sus propios procesos.  Se ha hecho necesario que replanteemos el escenario que fue concedido de una costilla de Europa, y esto ha tomado tiempo, puesto que son pocos los pensadores que se han dado la tarea y la valentía de dejar de lado el occidente y pensar por sí mismos.  Consecuencia de ello, han sido censurados, poco estudiados o investigados bajo los prejuicios de una institución que mira de reojo cómo las estructuras se rompen de a poco, pero significativamente.

Pensar en Latinoamérica en estos tiempos es vital, sobre todo cuando tenemos una situación mundial que atenta contra el patrimonio humano de la vida.  Y no tan sólo pensarnos como un bloque original fuera de occidente, más bien reflexionarnos como un pueblo que ha sido inventado por otros, pero que intuitivamente reconoce la necesidad de transformaciones y esos cambios, pasan principalmente por hacer de la historia vivida, un relato propio. La liberación parte desde la premisa de la revolución del pensamiento, y esto no quiere decir que la solución esté en eliminar el español o la academia, puesto que de ellos no podemos desprendernos.  La clave pasa por el accionar revolucionario de la palabra que se dice, y con la significación que a ella le carguemos.   No podemos pretender generar un cambio de paradigma en aspectos básicos si en el ámbito del pensamiento mantenemos arraigadas las más precarias formas de relación. Los discursos deben comenzar a modificar los surcos de la mente, tal cual como la fuerza feminista hoy lo hace desde las universidades y escuelas.

En estos tiempos la reflexión, la construcción de símbolos, la restructuración de los mismos, pasan a ser tareas a desarrollar en áreas que no estén contaminadas por el flash o el reconocimiento. La conversación, el diálogo entre quienes construyen y contribuyen a la generación de nuevas y más significativas formas de relación humana, se debe gestar en lo más profundo de esa periferia, desde ahí resulta más poderosa la fuerza, porque quienes la habitan han sobrevivido en ese cambio constante de las condiciones de vida y de la sumisión a las mismas, por lo que nada tiene por perder.  Desde aquella zona adyacente al poder, los pensamientos se expresan con tal confianza que creer en ellos es fundamental para la construcción de identidades que nos incluyan a todas y todos como parte de un proyecto más humano y más latinoamericano. Es tiempo de que retomemos los mitos, la fantasía del origen y repensemos las interpretaciones, pero no desde ese centro norte que nos apunta con el dedo, sino desde la propia experiencia, desde la realidad que no está en la prensa, que no está en las zonas aristócratas ni en la academia. La reflexión sobre nuestra historia, y las construcciones que de ella surjan partirá siempre desde aquella comunidad que observa desde la periferia cómo el centro se desvanece narcisamente en su reflejo.

 

Isabel Guerrero

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