LIBERTAD, EL COSTO DE LA RESIGNIFICANCIA (publicado en Revista El Topo. abril 2018)

Los gobiernos que han pretendido sofocar la voz libre de los pueblos, han muerto asfixiados apenas se ha hecho el silencio que apetecían.”

José Enrique Rodó

 

Una mujer activista es asesinada en Brasil, la ejecución en pleno centro de la ciudad es la muestra en carne viva de un acontecer violento que desde hace siglos perpetra en el constructo humano. Marielle Franco, mujer negra defensora, latinoamericana denunciante de los abusos, muere en las calles de Río. Así cientos de sindicalistas, dirigentes, activistas sociales mueren en Latinoamérica y el mundo, transformándose en un genocidio tan brutal que pareciera casi imposible frenarlo. Cada una de estas muertes, en sus distintos contextos, son la fiel representación de cómo ciertos grupos de poder pretenden validar las relaciones humanas, colocando normas de convivencia basadas en la sumisión de los individuos, con el propósito de tener un control social.

La eficacia de este orden social no es una práctica que se haga de manera democrática, de lo contrario, no contaríamos con el registro tan extenso de muertes y encarcelamientos políticos que tenemos hasta el día de hoy.  La estructura que sostiene la realidad se basa en la aplicación de estrategias que mantienen a los sujetos sumisos, explotados y mudos. Sentados frente al televisor, sólo es posible escuchar el monólogo de quienes tienen el poder, por ende, sólo aquel discurso es reproducido como válido, siendo el resto de las opiniones negadas o censuradas.

Siendo esta sociedad un proyecto creado en base a los discursos de unos pocos, las opciones que se presentan para discutir las problemáticas, no son muchas. El mundo se ha construido para nosotros con un lenguaje, una historia y actitudes que nos condicionan a seguir reglas y estereotipos, por ende, cualquier fuerza crítica o reflexión que se realice en contra, es un peligro para la estructura que lo mantiene.   Así vemos como a través de la familia, la escuela y los medios de comunicación se educa en beneficio de la producción económica, transformándose en el único sentido por el que se mueve el ser humano. El éxito académico, el trabajo y los bienes pasaron a ser los grandes objetivos de la humanidad, cimientos que trajeron consigo formas de aprendizajes basadas en la competitividad y el prestigio.

Frente a esta ola de consumo que quita nuestro tiempo y fuerza, aparecen voces desde los espacios más desolados, rostros capaces de expresar directamente el habitar y sentir de aquellos que no son escuchados. Personas con una fuerte convicción social que ataca la indiferencia, devela verdades, y denuncia injusticias.  El mensaje transmitido es tan claro y posee tal potencia que causa un impacto directo, mayor que cualquier bomba, porque es capaz de resignificar las relaciones abriendo nuevos espacios de comunicación. Esta es la gran importancia que tiene el gesto tan natural de la palabra y de la libertad que es necesaria para revelarla.

Debemos tener en claro el escenario en el que nos desenvolvemos. Somos parte de una humanidad sumergida en canales virtuales, donde la abundancia de información confunde los hechos, filtra el conocimiento y normaliza las prácticas simbólicas de silenciamiento como episodios naturales de la historia.  Estamos en una posición en la que ser disidentes es una tarea difícil, sobre todo porque sabemos cuáles son los riesgos que se corren. Alzar la voz en la denuncia de las injusticias requiere de una tremenda valentía y sacrificio, y es esa misma fuerza la que potencia el impacto sobre los silenciados.  Tal como un efecto dominó, la palabra cuando es honesta, solidaria y libre puede desencadenar las piezas, resignificar los sentidos y llevarnos a nuevos espacios de convivencia.

El ejercicio entonces, parte por comenzar a practicar el diálogo entre quienes nos sentimos oprimidos, abrir puentes de solidaridad entre nosotros, intercambiar ideas y repensar los horizontes. Pasa por no ser indiferentes frente a las crueldades,  y reflexionar sobre ellas.  La facultad humana de la palabra no puede quedarse sólo en una estrategia de marketing, sino que debe ser la primera arma social que nos invite a la construcción de una realidad más genuina y honesta.

Artículo publicado por la revista de análisis político y social El Topo en su número 22, año 3. (abril 2018)  (Santiago de Chile)

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