HAY COSAS QUE POR SABIDAS SE CALLAN, Y POR CALLADAS SE OLVIDAN

HAY COSAS QUE POR SABIDAS SE CALLAN, Y POR CALLADAS SE OLVIDAN (Ensayo publicado por Revista El Topo, marzo 2018 en Santiago de Chile)

Estamos en tiempos donde establecer un concepto del rol de la mujer, desde la mujer, pareciera ser un juego de mitologías, un armar de rompecabezas donde aparentemente las piezas son sólo supuestos de una escasa historia que nos llega de migajas. Esos pocos testimonios femeninos que han costado sangre, vida y tierra, sobrevivieron al tiempo y son pieza clave en el papel de la reconstrucción de ese rol. Si queremos establecer un concepto acertado de lo que significa ser mujer en estos tiempos, debemos advertir que la gran arquitectura de la historia, no posee un cuerpo de versiones que nos identifique. Al contrario, fue recién a fines del siglo XIX que la mujer chilena pudo tener acceso a conocimientos académicos y por ende, descubrir un universo nuevo, una historia que, lamentablemente, se ha escrito desde y para los hombres burgueses.

Tras largos y lentos siglos de silenciamiento, las puertas del cielo se han abierto a las miradas femeninas, y en eso hemos devorado tanta información como se nos ha permitido. Concientizar la esclavitud no es fácil, y el descubrimiento ha llevado también a masticar una realidad injusta, discriminatoria y violenta. Pensemos que, en Chile, recién en 1870, se reconoció bajo una rúbrica que la mujer, al igual que el hombre, tenía un cerebro inteligente. Sesenta años después, se concede el derecho a sufragar y pasado veinte años, la primera parlamentaria logró observar desde adentro cómo lucía el poder. En ese parlamento donde se discutían intereses del mercado que venía galopando desde el exterior, se fue haciendo la gran madeja capitalista que hoy nos atrapa.

Manejados por una trama de progreso, el rol de la mujer en la historia ha reflejado el profundo eco de las problemáticas que nos aquejan como sociedad. La explotación, el silenciamiento, la desvalorización y la apropiación del cuerpo siguen presentes, aunque disfrazados en un desarrollo económico que sólo ha logrado distanciarnos aún más como seres humanos. El juicio no ha cesado, tampoco el empobrecimiento y menos aún se ha detenido la voraz cacería de aquellas que siguen en la lucha de la emancipación. Tanto la moral, como las leyes, siguen rigiendo en una simbología plasmada de exigencias, violencia y discriminación.  El problema aumenta cuando la mujer naturaliza su esclavitud y justifica la agresión, desde el círculo de violencia doméstica hasta la impuesta por el estado. No es raro ver en la prensa oficialista prácticas de disciplinamiento, medidas de aturdimiento psicológico y moral, que transmiten una lógica de castigo para todas aquellas que osen alzar la voz, y es el poder judicial, el empresariado y las fuerzas armadas, quienes ejercen de primera mano esta regla. La sociedad, casi por acto reflejo, las acepta adoptando actitudes que permiten reforzar el miedo. Femicidios, secuestros, violaciones, contribuyen a la generación de un ambiente de debilidad; a mujeres inmigrantes la policía las golpea en la cárcel hasta matarlas, como es el caso de Joane Florvil; a quienes representan cosmovisiones indígenas se le montan crímenes y se les persigue, como a la Machi Francisca Linconao; a mujeres activistas, como Macarena Valdés, el empresariado las asesina. Estos son sólo algunos de los muchos silenciamientos implementados por un estado que cada vez se muestra más distanciado y dictatorial.  Casos que no han sido resueltos y que se han dado a conocer a la ciudadanía, sólo a través de canales independientes de difusión.

Bajo ese terrorismo que nos ataca con cada niña abusada, con cada adolescente violada, con cada dueña de casa subyugada a la familia, con cada obrera explotada; es que nos quieren hacer creer que los grandes cambios son imposibles. Pareciera difícil, pero si miramos un poco hacia atrás en este mismo rompecabezas, encontramos que las transformaciones, aunque son recientes, no son menos importantes.  El ataque ha existido desde que se nos concibió desde una costilla, pasando por la demonización, sexualización y mercantilización de roles. A pesar de esto, aún nos encontramos en pie de guerra, buscando posibilidades que nos puedan abrir espacios a esferas más justas de relación social.

Ya nos señalaba la pensadora italiana Silvia Federici en sus estudios, que la gran matriz del capitalismo ha sido desde siempre la mujer, y por lo mismo, debe ser también ella la que transforme su rol.  Todo el destape de abusos, los testimonios de violencia que se han difundido por redes sociales, la demanda de mejoras laborales y el derecho de gobernar su propio cuerpo, no actúan como caprichos de hembra hormonalmente condicionada, sino que son herramientas que permiten un avance en las libertades de todas las personas. Una mujer empoderada de si misma, es capaz de modificar generaciones completas, y he aquí la importancia del proceso que estamos viviendo como sociedad chilena. No podemos pasar por alto, el momento histórico que estamos viviendo, y mucho menos, querer silenciar estas demandas o colocarlas en el plano de lo irracional. Lo justo sería atender al discurso que se está reproduciendo en estas nuevas generaciones, y tratar de que éste demuestre más fortaleza que debilidad, sobre todo en materias sociales y de género.

La mujer, como primera educadora social tiene un rol fundamental: transformar su discurso. Es la amasadora que puede lograr hacer de su comunidad una organización de lucha social o simplemente, amoldarla a lo que el sistema quiera lograr con sus descendientes, y es aquí la gran piedra angular que cimenta toda una esfera de actitudes e ideas que pueden fácilmente hacernos entrar en el malvado juego del capitalismo. Ya sea mediante el miedo o la falsa ilusión de la felicidad, ya sea por medio de mecanismos de control de natalidad o a través de la violencia, se ha vulnerado el derecho fundamental de la libertad, intentando apagar el ánimo de lucha y poniendo en él la figura de un ser débil que no tiene mayor influencia que la servir de apoyo a la construcción de un mercado familiar.

Ahora, cambiar un discurso que desde su semilla trae consigo la represión, no es tarea que se logre de un momento para otro, todo paso dado, cada detalle que va desde la utilización de un lenguaje más inclusivo hasta la legalización del aborto, son prácticas que alientan a la construcción de una historia en conjunto, porque recordemos que hace ciento cincuenta años se nos reconoció un cerebro inteligente, capaz de instruirse y concientizarse a la vez que se descubría. Por tanto, ya no sólo tenemos la fuerza para la reproducción de la especie, sino que además somos capaces de reconstruir su pensamiento.

Una de las tareas del feminismo ha sido principalmente, establecer esos cambios radicales en la percepción del rol que nos debemos entregar cada una de las mujeres, en sus distintos contextos. No tan sólo atendiendo a la igualdad de oportunidades, porque seamos sinceros, la igualdad que hoy nos ofrece el mercado es salir a un campo de batalla, compitiendo entre nosotras, contra los hombres por espacios sociales donde lo que más importa es la moneda con la que se tranza. No sería justo para nosotras permitirnos una equidad capitalista, que busque endeudarnos aún más o que pretenda darnos a elegir la imagen que pondremos a la venta. La justicia debe partir por actos simples como el cese de la violencia; pasa por dejar de pensar que cada reclamo es una reacción hormonal o caprichosa. No hay exageraciones cuando se trata de reivindicar años de silenciamiento. No existen exageraciones frente a la constante vulneración de nuestros derechos. El feminismo, hace el llamado a una rebeldía que busca acabar con las acciones macabras que nos ofrece el capitalismo, suprimir los poderes facticos, frenar la sexualización de nuestros cuerpos y la economización de la felicidad. Atiende a relaciones personales sanas, pactadas entre seres libres y que no busquen someternos a una competencia; más bien deben ser estas formas de relación, la fuente principal de transformación; del diálogo que de esas colaboraciones se forme, es de donde saldrán las grandes revoluciones.

El grito entonces debe hacerse fuerte y claro. Ni la muerte ni la sangre pueden asustar a estas alturas, a un pueblo que ya conoce en demasía lo que es vivir una dictadura, no se le puede atemorizar. A los miles de mujeres que han resistido no se les puede impresionar con lecciones simbólicas o explícitas de gobernabilidad. Los cambios están en la puerta, y ya no hay vuelta atrás, porque el silencio que se mantuvo durante siglos, no acumulo riquezas o títulos, sino que fue almacenando la fuerza necesaria para no ser frenado jamás.

Isabel Guerrero.

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